lunes, 20 de diciembre de 2010

Desengañémonos, solo somos hombres corrientes.

Algunos de los amigos que han leído mis entradas en el blog me cuentan en mensajes privados que el título engaña, pues desde su punto de vista, el autor no es un hombre corriente. Yo lo agradezco pues entiendo que la apreciación se debe a la estima que me tienen y, en cierto modo, de la que se tienen a si mismos. Sin embargo, a pesar de que durante mucho tiempo hemos tendido a pensar que, por nuestra formación, educación o trayectoria, éramos en alguna medida distintos del resto, me temo que estuvimos equivocados.

Efectivamente, a pesar de nuestras carreras universitarias, nuestros éxitos profesionales y los muchos libros leídos (o incluso escritos), somos uno más, como tantos otros, que están dándose cuenta de lo poco que pueden influir en su entorno. Qué, a pesar de nuestro esfuerzo vital durante muchos años, vemos como la situación actual anuncia un futuro lleno de incertidumbres que en modo alguno controlamos. En definitiva unos hombres, sobradamente preparados, pero corrientes.

Pertenecemos, la inmensa mayoría de los que me leéis y yo, a esa genérica clase media que mientras el estado de bienestar ha ido prosperando, ha podido desarrollarse personal y profesionalmente. Hemos vivido en paz, hemos disfrutado de una formación superior y una estabilidad laboral. Eso nos ha permitido formar una familia (o varias), disfrutar de nuestros hijos, del arte, la cultura, de los viajes, del ocio…; disfrutamos de una casa más o menos confortable; cuando nos ponemos enfermos sabemos que nos van a atender razonablemente y, de momento, si nos vemos en una situación de necesidad tenemos la confianza de que el sistema va a cuidar para que, por lo menos, tengamos un mínimo vital.

En general, nos afectan a todos los mismos problemas: esa hipoteca (o ese préstamo) que nunca terminamos de pagar porque cuando uno concluye ya estamos pensando en el siguiente; en como llegar, a veces, a fin de mes; cuestiones familiares y emocionales, nuestras pequeñas ambiciones, etc. Da lo mismo si se trata de un funcionario de grupo A, de un jefe de producto en una multinacional, del dueño de una pequeña o mediana empresa, de un  consultor, de un  autónomo o de un encofrador. Andamos todos en la misma pomada. Unos sabremos más de contratación administrativa, otros de cómo cuadrar unas cuentas, de cómo escribir un artículo periodístico o de cómo arreglar unas cañerías, pero en la sociedad de hoy en día todos pertenecemos a esa genérica clase media que entre asombrada y asustada se está despertando y, aún frotándose los ojos, se ve a si misma dentro de una piragua que, en medio de un río de aguas aparentemente placidas, se acerca irreversiblemente a lo que parece una enorme catarata.

Así vistas, mis entradas en este blog, podrían no ser sino unos patéticos esfuerzos por intentar acercar la piragua a la orilla antes de que sea demasiado tarde.

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