jueves, 27 de enero de 2011

La falacia de comparar el modelo de reparto de la Seguridad Social con las pirámides financieras

Últimamente estoy volviendo a escuchar por la radio y a leer en los periódicos, cómo prestigiosos economistas y expertos caen en la celebre falacia de calificar al modelo de reparto que rige nuestro sistema de pensiones como un mecanismo análogo a una pirámide financiera.

Tomando como bueno el concepto expuesto por Manuel Conthe en un reciente artículo en Expansión, podemos entender las pirámides financieras como aquellas en  las que “los promotores de la entidad piramidal ofrecen a quienes invierten en ella una rentabilidad muy superior a la que producen los fondos que reciben en administración. Esa diferencia entre sus rentabilidades pasivas y activas provoca en la entidad un desequilibrio patrimonial creciente, que sus promotores y contables suelen ocultar ignorando los compromisos futuros de pago, pero que aflora tan pronto los inversores intentan en masa retirar su “dinero” –incluidos sus ficticios rendimientos- o las autoridades, advertidas del fraude, intervienen la entidad para sorpresa de los estafados”.

Las pirámides financieras, que no son sino una suerte de estafa, surgen como mecanismos basados, teóricamente, en la capitalización y rentabilidad de los ingresos que en ellas se realizan y sus promotores suelen “vender” a sus suscriptores extrañas “inversiones” en bienes o negocios con presuntas rentabilidades superiores a la media. Es decir, las pirámides financieras son una perversión intrínseca de los modelos financieros basados en la capitalización de inversiones gestionadas de manera especulativa y que saca partido de la confianza que los inversores depositan en esos especuladores

Por el contrario, los sistemas de seguridad social basados en los modelos de reparto, tal y como aparecen configurados en los Estados de bienestar donde están implantados, son esencialmente mecanismos públicos de redistribución de la riqueza en los que se aúnan tanto elementos procedentes del derecho privado (principalmente del contrato de seguro del que históricamente partieron) como elementos de derecho público (en particular, tributario) que determinan que la relación entre el cotizante/pensionista y la Entidad gestora de la Seguridad Social sea una relación de derecho administrativo y que, en consecuencia, pueda ser alterada por los poderes públicos en función de las disponibilidades y necesidades de cada momento en función de los condicionantes sociales y económicos.

En los sistemas de reparto el elemento económico-financiero, aún siendo muy relevante, no es el único que debe tenerse en consideración y las simplificaciones que en este sentido formulan algunos economistas para reconducir a esta peyorativa analogía ni son casuales ni inocentes. Existen demasiados intereses en juego.

Es cierto, que el sistema debe reformarse. Es cierto que la reforma apuntada en el informe de la Comisión del Pacto de Toledo es, a mi juicio, insuficiente y que el actual sistema no puede desconocer ni el alargamiento en la esperanza de vida de los beneficiarios del sistema ni la evolución de la pirámide demográfica y que, en ese sentido, el modelo de reparto puro deber ir tendiendo hacia un modelo más ecléctico en el que se prevean mecanismos complementarios de capitalización que ayuden a paliar  eventuales insuficiencias del vigente modelo. Es necesario que el sistema evoluciones de manera pareja a como evolucionan las circunstancias económicas y sociales en las que ha de desenvolverse.

Pero también es cierto que, en aquellos países donde el modelo de reparto se está gestionando eficientemente, ha dado respuesta durante varias generaciones a las necesidades de seguridad social de la población, mientras que, a lo largo de la historia, de manera  reiterada se ha comprobado que los sistemas de capitalización puros, por unas razones o por otras, han venido quebrando regularmente y, que en un porcentaje muy alto de los casos, solo benefician a las entidades privadas que los gestionan. ¿Es extraño que ningún prestigioso economista haya apreciado en estos elementos alguna analogía de los sistemas de capitalización con las pirámides financieras?

2 comentarios:

  1. Sí, pero no. La SS comparte con los sistemas piramidales de inversión el que requieren de una estructura piramidal en las aportaciones de capital para no quebrar. La realidad es que si la SS tuviera que devolver todo lo cotizado a todos los cotizantes, no habría dinero suficiente ni para devolver la mitad.
    Y eso es así, entre otras cosas porque la SS, en lugar de calcular la prima de cotización y las pensiones asociadas dinámicamente, como lo hacen las compañías de seguros, en función de las varables que intervienen en el riesgo asegurado, mantiene un sistema estático con excepciones muy puntuales (toreros, artistas, mineros...).
    Mientras no se tengan en cuenta variables importantes tales como la diferencia de la esperanza de vida en función del sexo o los riesgos asociados a cada actividad laboral, el modelo será ineficiente.
    Por otro lado, alargar la edad de jubilación mínima, mientras se están autorizando prejubilaciones a los 50-52 años en multinacionales con miles de millones de beneficios, me parece bastante incongruente.
    Los sistemas públicos de previsión social, están en revisión en todos los paises de nuestro entorno, pero mientras sigan sometidos a intereses políticos y no se rijan por una estricta gestión económica de costes, inversiones y riesgos, serán potencialmente quebrables.

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  2. Gracias por su aportación, pero si el criterio para determinar que es una piramide financiera fuera la imposibilidad para devolver todo el dinero a sus inversores en un momento dado, cualqueir entidad financiera entraría en esa definición.

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