lunes, 16 de mayo de 2011

Votar, un derecho, una suerte y…una responsabilidad.

Artículo publicado en la sección de opinión de "Gestiona Radio"

Han pasado más de treinta años y el recuerdo se va difuminando con el tiempo. Yo debía de estar en segundo o tercero de BUP. No fue algo premeditado, al menos por mi parte. Salimos del colegio y Miguel, uno de los chicos con los que habitualmente volvía a casa propuso que en vez de regresar en el autobús podríamos volver andando y a todos nos pareció bien. Sabíamos que había una manifestación a mitad de recorrido organizada por un sindicato de estudiantes o algo así, no recuerdo cuál era el motivo de la protesta pero todos sentíamos mucha curiosidad.

Tampoco recuerdo si la Constitución se había aprobado poco antes o si todavía andaban en ello, lo que si tengo grabado en la memoria es que cuando llegamos a la calle Santa Engracia (que por aquel entonces aún se llamaba del General García Morato) esquina con Ríos Rosas, los policías antidisturbios con sus trajes grises, sus cascos y sus escudos estaban formados tranquilamente enfrente de la muchachada, aunque alguien por medio de un altavoz y en un tono apremiante solicitaba al personal que se disolviera. Nosotros nos metimos entre las filas de la manifestación con la idea de recorrerla hasta Cuatro Caminos y luego torcer por Reina Victoria para, así, volver a casa. Mirábamos alrededor excitados e incrédulos. Apenas llevábamos unos minutos entre el gentío cuando de repente empezamos a ver como nos adelantaban y algunos empezaban a correr. Nos giramos para ver que la policía había empezado a cargar. Nos miramos, alguien dijo algo y empezamos primero a andar más rápido pero, luego, cuando al volver a mirar otra vez yo vi como a lo lejos un policía blandía su porra con determinación y le arreaba a un rezagado, me puse a correr como todos los demás. Solo recuerdo que en aquel momento pensaba que jamás volvería a una manifestación… con botas camperas. Afortunadamente todo quedó ahí. Llegamos a la Glorieta de Cuatro Caminos, giramos por Reina Victoria y seguimos andando hasta nuestra casa más asustados que otra cosa, pero al mismo tiempo divertidos por la emoción y la aventura. Casi inconscientes de los riesgos que corrimos, consideramos que se trató de una travesura que mejor no contar en casa.

Estas imágenes del pasado me han vuelto a la memoria al asistir el otro día a uno de los actos de apertura de la campaña electoral que acaba de iniciarse. Toda mi vida adulta la he vivido en democracia y, para mi, los esfuerzos de la lucha por su implantación en España son poco más que recuerdos adolescentes. Sin embargo, y cuando veo los reportajes sobre lo que acontece ahora en los países árabes donde la gente está dispuesta a morir por poder elegir a sus gobernantes, comprendo que no podemos olvidar los esfuerzos y peligros que nuestros antepasados hubieron de sufrir y la suerte que tenemos por poder elegir cada pocos años a las personas que luego han de gestionar los poderes públicos. Una suerte y un derecho conquistado pero, al mismo tiempo, una responsabilidad que no debe utilizarse en vano.

Sin embargo, como sucede con todo aquello de lo que se disfruta desde que uno tiene memoria, se tiende a minimizar su valor, a dar las cosas por supuestas, a frivolizar y a dejarse llevar por lo banal. Así, en la campaña que ahora empieza, podemos ver como los mensajes propagandísticos de la mayoría de las opciones políticas tienden a incidir en lo emocional y lo sentimental apelando a nuestros instintos más primarios, siempre en un tono facilón y superficial que apenas resiste un pequeño análisis. Se trata de discursos que pretender conseguir nuestro voto por impulso.

El votante de una sociedad madura debiera no caer en estas trampas y al igual que, cuando va a cambiar de coche o a comprarse un vestido nuevo, dedica un tiempo a visitar concesionarios, cotejar catálogos o visitar tiendas para ver las distintas ofertas, también ha de destinar un mínimo de tiempo para informarse de las propuestas que cada partido ofrece en los temas que más nos importan a cada uno, contrastarlo con las respectivas trayectorias y, luego, decidir el voto utilizando la razón. Votar de manera acrítica, como si en vez de partidos políticos, eligiéramos a nuestro equipo de fútbol, resulta una irresponsabilidad en la que muchos incurren de modo infantil.

Cuando uno tiene quince años puede tener sentido meterse en una manifestación sin conocer el por qué y el cómo, pero a estas alturas de nuestra mayoría de edad y con el bagaje democrático que tenemos a nuestras espaldas, votar con semejante inconsciencia nos inhabilita para poder quejarnos después de los políticos que hemos elegido con nuestro voto. Si votamos de manera infantil, impulsiva y estúpida nos mereceremos unos gobernantes que nos tomen por estúpidos.

(Publicado en la sección de opinión de la página web de Gestiona Radio)

2 comentarios:

  1. Excelente comentario.Que interesante sería que los medios que generan opinión pública, dedicaran espacios a tratar estos temas de forma permanente,nuestras democracias serían cuidadas con más celo por unos ciudadanos mas atentos.Saludos.Myrian

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  2. Clarísimo artículo, completamente de acuerdo: antes d votar informarse d los programas.

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