viernes, 24 de junio de 2016

Brexit: Winter is coming


Mientras escribo estas líneas, escucho en la radio como se confirma que el Reino Unido ha aprobado en referéndum la decisión de salir de la Unión Europea. No puedo sino reconocer mi sorpresa. Realmente pensaba que el sentir mayoritario de los británicos era distinto. 
 
No me atrevo a formular hipótesis acerca de lo que este acontecimiento puede llegar a suponer en lo político y lo económico. Cabe la posibilidad de que, al final, a través de su integración en el Espacio Común Europeo, se minimicen los efectos. Pero también puede ser que se produzca una reacción en cadena con consecuencias imprevisibles. 
 
Para mí, en cualquier caso, todo esto no deja de tener un componente emocional. El Reino Unido es, aparte de España, posiblemente el país europeo que mejor conozca y donde más veces he estado. 
 
La primera vez que visité el UK -al principio de los años 80-  fue un verano para ir a un campo de trabajo en un pequeño pueblecito en las cercanías de Durham para cuidar  y entretener a los hijos de trabajadores desempleados para favorecer que ellos pudieran buscar empleo o trabajar mientras duraran las vacaciones escolares. España aún no había entrado en la entonces Comunidad Económica Europea y el Reino Unido estaba convulsionado por las políticas de Thatcher, el cierre de las minas de carbón y el desempleo. En el campo de trabajo estábamos chicos y chicas de todas partes de Europa. Eran tiempos de euforia europeísta y a pesar de las dificultades que atravesaban, los familias de aquellos niños nos recibieron de  manera fantástica y entrañable, invitándonos a sus modestos hogares. También tuve ocasión de conocer un Londres que comparado con aquel Madrid un tanto provinciano, se me antojó una metrópoli multicultural y magnífica –aunque algo sucio- que me dejó una fuerte impresión. 
 
Desde aquella vez, he regresado en numerosas ocasiones, pasando temporadas en Londres, Edimburgo y, durante un par de veranos, en Lincoln, desde donde recorrí las Midlands. Ya entonces comencé a intuir la existencia de una diferente estructura social de zonas metropolitanas como Londres respecto de las pequeñas ciudades del interior de Inglaterra. También volví a ser testigo de cómo la crisis del año 2008 y 2009 afectó a estas últimas provocando procesos migratorios tal vez más hacia los países de la Commonwealth que hacía otros lugares de Europa. 
 
Veo en la televisión a la gente que masivamente ha ido a votar y reconozco que siento algo de tristeza. Aquellos días en Inglaterra quedaron vinculados a acontecimientos importantes de mi vida que generaron un vínculo personal con lo británico que, tal vez, se reforzara por un inconsciente sentido de pertenencia a una entidad política común. A mi modo de ver, Inglaterra, como Alicante (donde también he pasado temporadas) es una tierra que siento un poco mía y esta ruptura ante la que no puedo hacer nada me resulta extraña y frustrante.  
 
A pesar de todo, recuerdo con mucho agrado a las personas que conocí y traté en aquellos viajes a las que deseo lo mejor en la nueva etapa que inician y espero que este cambio en el estatus del Reino Unido no afecte a la posibilidad de poder seguir disfrutando en el futuro de mis estancias allí. 
 
En cualquier caso, no puedo dejar de pesar que si seguimos por este camino en Europa “winter is coming”.

 

 

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